Un, dos… ¡alehop!

Articulo de Ricard Ruiz en El Periodico de Cataluña

http://www.elperiodico.com/es/noticias/ocio-y-cultura/dos-alehop-2254574 
RICARD RUIZ GARZÓN
Ni siquiera hay que llegar a tres: un, dos y… ¡alehop, ya hemos vuelto a convertir el drama en espectáculo! El drama del suicidio, el del desahucio, el de las víctimas de esta guerra a deuda descubierta. Y mientras, de ERE en ERE, los medios de comunicación jugando a ser los payasos tristes, los que hacen bailar las pelotitas con la amargura pintada a churretones. Y mientras, de mitin en mitin, los políticos jaleando sus acrobacias desde el cañón del banco-bala, bajo las barbas de la mujer teutona. Y mientras, de función en función, defunción en funciones, los de siempre a llorar y a pagar la entrada. Cualquiera diría que en el fondo nos gusta…

 

Edición Impresa Versión en .PDF Información publicada en la página 65 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 21 de noviembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Aunque no ha de ser necesariamente así. Conocedor del drama, aunque ajeno al espectáculo, un escritor menorquín lo ha demostrado proponiendo algo nuevo, retratando al rey desnudo. Y lo ha hecho mediante una farsa, un esperpento, que nos recuerda por qué esta vez el show no debería continuar. El autor se llama José Antonio Fortuny y la novela, Alehop (editorial Funambulista). En ella, en línea con Jonas Jonasson y Rachel Joyce (en sus éxitos El abuelo que saltó por la ventana… y El insólito peregrinaje de Harold Fry), Fortuny presenta a un anciano en medio de una insospechada aventura, motivada por la condición de impedida de su esposa. El alcalde, los servicios sociales, la televisión, un mánager sin escrúpulos e incluso una fanática de la superchería se dan cita en la novela hasta conformar un circo que, pese al disparate, o quizá precisamente por él, suena terriblemente familiar. La denuncia de Fortuny, que padece una durísima enfermedad degenerativa, no es solo lúcida y coherente. Él mismo ha escrito: «A mí el lector me aporta una motivación para seguir viviendo; yo en cambio procuro hacerle pasar un buen rato y, si es posible, que esboce una sonrisa. Me parece un trato justo». He ahí, en las últimas palabras, lo que reclama esta novela, este autor, esta sociedad. ¿Justicia? Quizá, para lograrla, toque al fin ir reduciendo el espectáculo.