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Ignacio del Val y las mejores anécdotas históricas

entrevista Ignacio del Val y el tarro de heno

La historia está llena de episodios fascinantes, curiosidades y descubrimientos. En esta entrevista, converso con Ignacio del Val, creador de El Tarro de Heno, un espacio donde comparte noticias de historia con un enfoque ameno y accesible.

Hablamos sobre su pasión por la divulgación, los episodios históricos que más le han impactado y la importancia de mantener viva la memoria del pasado.

Primero, una breve biografía de Ignacio del Val.

Soy físico e ingeniero electrónico de formación. Mis primeros años los dediqué al ámbito de la I+D+i en el sector privado. Tras esta etapa de trabajo por cuenta ajena, decidí emprender un proyecto propio con dos buenos amigos, enfocado en el desarrollo de software. Actualmente trabajo como director de proyectos de transformación digital en nuestra propia empresa.

En paralelo a mi actividad profesional, siempre he intentado procurarme una formación humanística. Creo firmemente que la dicotomía entre ciencias y letras es una distinción artificial y lesiva para la sociedad, ya que levanta muros – en ocasiones desde edades muy tempranas – en ese espacio diáfano que debería ser la cultura y el conocimiento.

Por lo demás, me encanta leer, escribir, hacer deporte y disfrutar de la naturaleza.

¿Cómo nació El tarro de heno y qué lo hace especial?

La verdad es que es curioso, porque tanto el nombre de El tarro de Heno como el logo fueron algo que se me ocurrió mucho antes de crear el perfil de Twitter. Me gustan los juegos de palabras, y es habitual que me nazcan espontáneamente nombres e imágenes. Las que me parecen más atractivas las diseño en el ordenador y las archivo, sin esperar darles un uso concreto; podríamos decir que es un pasatiempo esporádico, un juego creativo.

Fue en la primavera de 2019 cuando me planteé crear una cuenta de Twitter para canalizar mi pasión por la historia del arte y conocer gente con quien compartir y de la que aprender, ya que, como he mencionado anteriormente, debido a mi formación, generalmente mi entorno es de un perfil más técnico. Cuando fui a bautizar la cuenta, acudí a ese cajón de sastre de imágenes e ideas y El tarro de heno me pareció un nombre simpático, y así surgió la cuenta.

En uno de tus tweets, hablas de la sensación de los hombres y mujeres medievales al contemplar una vidriera…

Es un pensamiento recurrente cuando visito catedrales. En general, al admirar una obra de arte que nos maravilla o conmueve, no caemos en la cuenta de que lo hacemos con los ojos y el bagaje de un ciudadano del siglo XXI. Nuestra percepción de las obras de arte está condicionada por la imagen del mundo que nos ha tocado vivir, pero creo que en las visitas culturales resulta especialmente enriquecedor intentar hacer un ejercicio de abstracción y “limpiar” el espacio para ponernos en la piel de una persona de aquel tiempo.

Si hoy en día al entrar en una catedral como la de León o Chartres nos emociona empaparnos de la atmósfera mística que generan las vidrieras al engalanar la nitidez exterior, ¿qué impacto recibiría una mujer o un hombre medieval cuyo paisaje urbano quedaba miniaturizado frente a las colosales dimensiones de un templo gótico? A pesar de que su imaginario sería igual o más rico que el nuestro, su realidad material era mucho más pobre, y por ello cuesta imaginar el impacto emocional que debieron experimentar al admirar obras que incluso hoy por hoy nos desbordan.

¿Cuál es tu evento histórico favorito que has cubierto en tu perfil?

En relación con la pregunta anterior, recuerdo con mucho cariño el hilo dedicado a lo que en su momento denominé como “carrera espacial gótica”, haciendo una analogía con la carrera espacial entre soviéticos y estadounidenses que llevó a estos últimos a pisar la luna en 1969.

En los siglos XIII y XIV Europa vivió una efervescencia similar; el espacio que se pretendía conquistar no era el exterior, sino el interior de los lugares sagrados. Así, arquitectos y mecenas rivalizaron por levantar la nave más alta o diseñar el arco ojival más corpulento.

Esa carrera espacial, como la carrera que siglos más tarde miraría hacia el cosmos, es una de las historias más hermosas que podemos encontrar en Occidente, porque entronca con ese instinto que está en nuestro ADN y nos impulsa a expandir constantemente las fronteras del conocimiento.

También has viajado bastante. ¿Qué lugar histórico es el favorito de Ignacio del Val y por qué?

Si tuviera que elegir uno, no sería muy original y me quedaría con Roma. Roma es un prodigio humano que constantemente agita nuestro sentido de la maravilla. Para los amantes del arte y la belleza, es un verdadero paraíso.

¿Y edificio que hayas visitado?

Siento debilidad por el monasterio de El Escorial y su entorno, y también por el palacio y los jardines de Versalles. Son dos lugares fuera de la escala humana en los que el paisaje actúa a la vez como telón de fondo y arquitecto, siendo imposible entender el monumento sin el entorno y viceversa. Siempre me siento especialmente feliz cuando estoy allí, y los recuerdos asociados a esas visitas se impregnan de forma muy especial en mi memoria.

¿Qué pinturas de las que ha visto Ignacio del Val son las que más te han impresionado y por qué?

Recuerdo que me impresionó mucho la Venus del espejo de Velázquez cuando la vi por primera vez en la National Gallery. Iba solo y pasé una hora larga, quizá dos, sentado frente a ella en un oportuno banco situado a su vera, simplemente deshojando cada detalle, cada pincelada de su perfil vaporoso, del rostro impresionista reflejado en el espejo. Fue un “stendhalazo” en toda regla. ¡Qué manera de pintar!

Si el autor de el Tarro de heno pudiera viajar en el tiempo a cualquier época, ¿a cuál irías y por qué?

Como buen amante de la historia del arte, mi aspiración principal al viajar en el tiempo sería la contemplación de monumentos o lugares míticos ya desaparecidos. Babilonia, Ctesifonte, el Gran palacio de Constantinopla, el alcázar de Madrid, Medina Azahara o Medina Alzahira serían sin duda de los primeros destinos de mi lista.

Aunque personalmente no la hayas visto, ¿qué obra de arte conmueve más a Ignacio del Val y por qué?

Hay una obra, para mí mágica, que además menciono en mi libro Humanoscopia. Se trata de Aspiration, un lienzo pintado por Augustus Vincent Tack en 1928. Normalmente se exhibe en la Phillips Collection de Washington, pero tuve la suerte de verlo en la fundación Mapfre de Madrid hace años, en el marco de una soberbia exposición titulada Made in America. Es una obra de grandes dimensiones, aunque seguramente la recuerdo gigantesca por el hondo impacto que me causó.

Tack quiso inmortalizar el sentimiento que le produjo una reciente visita a las Montañas Rocosas y, efectivamente, en este cuadro semiabstracto el pintor implementa no una simple visión, sino una compleja percepción interior, un recuerdo en el que nos hace partícipes de toda la información que captaron sus sentidos: los tonos dorados y opalescentes que la luz dibujaba sobre las rocas, la inabarcable escala de la naturaleza, la musicalidad del viento al rasgar las colinas y ulular sobre los canchales… La sacudida de esta obra de arte es algo que no he olvidado ni creo que olvide nunca, porque tatuó en mí la verdadera experiencia del arte: recibir la emoción o el pensamiento de alguien que, en algún lugar y en algún momento, decidió inmortalizar su visión del mundo y su idea de belleza.

¿Hay algún mito histórico que te gustaría desmentir?

Aunque no tengo suficiente conocimiento como para opinar con solidez, la conocida como “leyenda negra española” es uno de ellos. Fue una campaña de marketing político brutal cuyos efectos aún hoy son visibles. Por desgracia, un denominador común del carácter español es nuestra incapacidad para vendernos bien de puertas hacia afuera. Bajo mi punto de vista, la leyenda negra tuvo escasa contestación, o al menos el “contramarketing” no fue lo suficientemente contundente.

Otro mito a desmentir es la oscuridad que tradicionalmente se asocia con la Edad Media, sobre todo en lo referente a avances científicos y técnicos. En realidad, fue un periodo bastante luminoso, y por ello siempre que puedo intento llevar a mi cuenta de Twitter algún ejemplo que lo demuestre.

Si el autor de El Tarro de heno pudiera tener una conversación con un personaje de la historia, ¿a quién elegirías y qué le preguntarías?

A Calderón de la Barca. Lo menciono también en Humanoscopia. Es uno de mis personajes históricos más admirados, por el virtuosismo de su prosa, su concepción total del arte, su profundidad filosófica y por la época que le tocó vivir. Fue un intelectual inconmensurable, referente para el clasicismo y romanticismo alemán del XIX, sobre todo para Goethe.

Adentrémonos un momento en el siglo XVIII que es el período que refleja mi novela. ¿Qué personaje de este siglo llama más la atención a Ignacio del Val y por qué?

Aunque la etapa final de su vida se desarrolla durante la primera mitad del siglo XIX, me decantaría por el ingeniero canario Agustín de Betancourt (1758-1824). Su creatividad técnica fue portentosa: elevó el primer globo aerostático en España, ideó una máquina para dragar puertos, un ingenio eólico para desaguar terrenos pantanosos… pero sin duda lo más reseñable de su currículum es que, además de ser el padre de los ingenieros de caminos españoles, también lo es de los ingenieros de caminos rusos.

Allí es idolatrado, porque en su momento lo fue todo en la ingeniería de Caminos del país de los zares: diseñó la primera gran carretera de Rusia, fue el impulsor y primer director de la Universidad Estatal de Ingenieros de Caminos de San Petersburgo (origen de las Escuelas Técnicas Superiores de Rusia) y máximo responsable de la obra pública con el zar Alejandro I, nieto de Catalina la Grande. Su vida da para una serie de varias temporadas.

¿Y pintura o edificio del siglo XVIII?

Me decanto por un edificio neoclásico francés: el Petit Trianon. Como ya he comentado, siento debilidad por Versalles, y en especial por este pequeño palacete, un bombón estético apartado del complejo principal de Luis XIV y concebido para el deleite privado de la familia real.

Lo considero el vivo ejemplo de por qué la influencia clásica nunca pasa de moda y resiste tan dignamente el paso del tiempo: siempre permanece vigente a través de las continuas reinterpretaciones que, respetando su esencia, la van adaptando al gusto de cada época.

Según Ignacio del Val, ¿cuál es la expresión artística del siglo XVIII que poca gente conoce?

Bien podría ser el arte de los mosaicos de piedras duras. Esta expresión artística tiene su origen en el renacimiento italiano, que a su vez bebió del opus sectile romano. Carlos III fundó en 1759 el Real Laboratorio de Mosaicos y Piedras Duras del Buen Retiro en Madrid, incorporando al mismo artesanos napolitanos especializados en esta técnica.

Los mosaicos de piedras duras – conformados por piezas de mármol y piedras semipreciosas como el ágata o el jade – juegan con el colorido y textura de los minerales para recrear obras de singular belleza. El museo del Prado custodia algunos excelentes ejemplos en este formato, como la Vista de Bermeo, copia de una pintura homónima de Luis Paret.

Has escrito un libro, Humanoscopia, hablamos de él y donde lo puede encontrar la gente.

Humanoscopia es un retrato del ser humano a través del arte. Estamos acostumbrados a admirar las obras de arte como simples espectadores, pero, ¿qué dicen sobre nosotros? Los cuadros, las esculturas o los grandes monumentos arquitectónicos son el mejor espejo de nuestra esencia, porque custodian los grandes sustantivos que nos definen como especie, como la superación, la rivalidad, el deseo o la violencia.

En Humanoscopia planteo un recorrido en forma de abecedario a través de 26 sustantivos genuinos de nuestra humanidad, desplegando para ello historias de lo más variado en las que el arte actúa como hilo conductor. Los capítulos son cortos y con su principio y final, con lo que puede leerse del tirón o desgranarse a modo de píldoras.

El libro está disponible en tiendas online como Amazon y también pude encargarse en cualquier librería.

Conclusión: La historia como puente entre el pasado y el presente

A lo largo de esta entrevista, Ignacio del Val nos ha mostrado cómo la historia sigue siendo una fuente inagotable de aprendizaje y sorpresa. A través de El Tarro de Heno, nos muestra que el pasado sigue vivo en nuestra sociedad.

Si te ha gustado esta conversación y quieres seguir descubriendo más sobre historia, no dudes en visitar El Tarro de Heno y sumergirte en sus contenidos. ¡El pasado aún tiene mucho que contarnos!

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