
Martí Haro Sanvicens representa la savia nueva del guion, esa generación que se abre paso con determinación y una mirada propia en un sector tan competitivo como el audiovisual. En esta charla, nos centramos en entender el oficio desde la base: la pasión por la escritura, la resistencia ante el folio en blanco y la ilusión de quien sabe que cada página escrita es un paso más cerca de ver su historia en pantalla.
¿Recuerdas el momento exacto en el que decidiste que no querías solo ver cine, sino que necesitabas sentarte a escribirlo para entender el mundo?
No lo concibo tanto como una decisión consciente, sino como consecuencia de una pasión por el cine. Primero nació en mí la obsesión por las películas; después, casi como una forma de deber, la voluntad de hacerlas. Y en ese proceso se llega a la conclusión de que, esencialmente, cualquier película trata de contar una historia. Es entonces cuando esa pasión inicial concluye en sentarse frente al papel para averiguar si tienes algo que contar.
Con el tiempo he entendido que escribir una película no se trata tanto de entender el mundo —labor que me resulta demasiado ambiciosa— como de intentar explicar el propio.
Como guionista que está construyendo su camino, ¿qué es lo que más te motiva de la página en blanco y qué es lo que más te quita el sueño cuando apagas el ordenador?
El folio en blanco es realmente atractivo y estimulante. Es una oportunidad para la imaginación, la creatividad, lo infinito, lo nuevo y lo nunca escrito. La posibilidad de materializar ideas abstractas en palabras, de crear una historia interesante que buscaba salir del subconsciente.
Aunque, irónicamente, una vez se ha empezado a escribir una historia, la página en blanco puede convertirse en tu peor enemigo: tener una historia a medias y no saber cómo continuarla, con el peligro de entrar en un bloqueo y obligarte a abandonarla. Por ello, antes de dar el día por finalizado, siempre trato de dejar algo pendiente que averiguar al día siguiente.
A veces se idealiza el oficio de guionista, pero tú que estás en plena lucha: ¿Cuál es el mayor mito sobre escribir guiones que se te ha caído desde que empezaste a tomártelo en serio?
Uno de sus mayores mitos debe de ser que las buenas historias se crean desde el talento innato o desde la inspiración divina. El guion no es como la literatura, donde la forma y el estilo son tan importantes como el contenido: el guion es más mecánico y funcional. La escritura de guion es un oficio, con sus normas, sus métodos, su teoría y su estructura. Todos estos parámetros deben estudiarse para crear una historia sólida y atractiva. Y, a partir de ahí, se debe sudar para culminar una historia que merezca la pena contar.
Por mi experiencia, diría que aprendemos a base de errores. ¿Cuál ha sido tu mayor aprendizaje «a golpes» en esos primeros guiones que guardas en el cajón?
Que una buena historia debe partir de una semilla sólida y potente. Se puede escribir desde la nada, sin pensar en qué se quiere contar, pero lo más probable es que la historia que salga de ahí no tenga nada que decir y, por tanto, nada que contar.
Más de una vez me embarqué en escribir una película sin referencias sobre el mensaje al que quería llegar, esperando encontrar el interés del relato a lo largo del proceso. Y todos los intentos terminaron dando un resultado superficial.
La semilla puede ser una idea central, una tesis, una exploración de un género concreto o un mensaje sobre la visión del mundo; sin una de estas sobre la que pivotar, el relato tiende a volverse incoherente e irrelevante. A no ser que seas los hermanos Coen, cuyo método consiste precisamente en escribir sin precedentes; aunque incluso ellos mismos reconocen que tienen incontables guiones a medio escribir.
¿Qué tipo de historias o qué género sientes que te define mejor ahora mismo, y cuál es ese género que te impone tanto respeto que todavía no te has atrevido a tocarlo?
Sin tan solo buscarlo, mis historias tienden a acercarse al drama o a la comedia dramática, siempre con toques de fantasía o realismo mágico y ciertas pinceladas de noir. Pero esta limitación —por llamarlo de alguna manera— no es una voluntad, sino algo que se define en base a lo que puedo o me sale contar.
Admiro al guionista que puede escribir sobre cualquier género, como la ciencia ficción o el terror, puesto que me resulta una labor difícil y, en mi caso, todavía por explorar.
¿Cómo gestionas esa mezcla de paciencia y ambición mientras esperas que tu primer gran proyecto encuentre su lugar en la industria?
Con la certeza de que todo lo que tenga que llegar, llegará. Una vez te impones ese pensamiento, se convierte en un estado mental de tranquilidad y motivación: tranquilidad por no dar vueltas a lo que queda fuera de nuestras manos y motivación por pensar que, si se hacen las cosas bien, el camino al que uno pertenece se irá construyendo por sí solo.
¿Tienes algún ritual de escritura, alguna música o un lugar específico sin el cual sientas que las ideas no fluyen igual?
Siempre trato de establecerme en espacios abiertos o naturales para la conceptualización de ideas, que suelo esquematizar en libretas con notas y garabatos. Y, una vez los contenidos en mi libreta tienen sustancia suficiente, me siento en mi escritorio a materializar y concretar esas ideas abstractas.
En mi caso, la música es una condición sine qua non a la hora de escribir; no cojo el bolígrafo si no hay música de fondo. Siempre sonará o bien música tranquila que haga fluir las ideas, como blues o jazz, o bien canciones que contengan la atmósfera sonora que deseo que tenga el proyecto en cuestión y que incluso podrían aparecer.
Si pudieras elegir a un guionista consagrado para que fuera tu «padrino» creativo y te diera un solo consejo sobre cómo sobrevivir en este oficio, ¿a quién elegirías?
Para ese rol de mentor me decantaría por un guionista que, a su vez, ejerza como director; alguien de cultura próxima, que haya afrontado los mismos obstáculos e industria que me encontraré. Dado que he podido escuchar varias veces a Carla Simón en persona, me decantaría por Cesc Gay, Fernando León de Aranoa u, obviamente, Almodóvar. Eso, a no ser que Fellini pudiese resurgir de las cenizas.
Si mañana desaparecieran todos los concursos y plataformas de guion, ¿qué medio elegirías para que tus historias siguieran llegando a la gente?
Por suerte, para escribir un guion solo se necesita un papel y un lápiz. Así que, si desaparecieran todos los concursos y plataformas, seguiría escribiendo igual. Y, de una manera u otra, siempre habrá alguien cercano dispuesto a escuchar tus historias.
Es cierto que las ayudas y los laboratorios dignifican considerablemente el oficio de guionista, pero, al fin y al cabo, cualquiera puede escribir libremente mientras se gana la vida de camarero, jardinero o paseador de perros. De hecho, me interesaría mucho leer el guion de alguien que se dedica a pasear perros.
Si tuvieras que elegir una sola frase de un guion que hayas escrito recientemente para que se guardara en una cápsula del tiempo como tu carta de presentación, ¿cuál sería?
Un hombre entra en un bar y se acerca a la barra para pedir:
Hombre: “Un café con gotitas.”
Esta es una frase que escuché recientemente en un bar cualquiera, en plena mañana. Decidí incluirla en un guion porque refleja cómo algo cotidiano puede esconder una pequeña historia. En este caso, la de alguien que, quizá sin ser del todo consciente, resta importancia a su propio consumo evitando decir “carajillo” por vergüenza y disfrazándolo con la palabra “gotitas”. Sería mi carta de presentación porque me recordaría que las mejores historias se encuentran en la barra de un bar.
Por último, ¿qué consejos darías a quienes se presentan concursos o a becas para escribir guiones como la que tú ganaste?
Que nunca se desilusionen por no quedar seleccionados para una beca o concurso porque, desde mi punto de vista, en este mundo no existen historias buenas o malas, sino más o menos afines a cada persona. Y la subjetividad del lector que evalúa el proyecto condiciona enormemente el resultado.
En esta misma línea, recomendaría a todo guionista que escriba como crea, siguiendo su intuición y tomando distancia de las bases de los concursos. Que la historia nazca desde dentro hacia fuera, y no al revés. Tendemos a modificar el proyecto para que se adhiera a los criterios de las bases, pero creo que se debería entender que cada historia tiene sus puntos fuertes y débiles. Intentar compensarlos o hacer cambios de guion para adecuarlos a las bases puede terminar haciendo que el proyecto se vuelva incoherente y que uno se traicione a sí mismo. En cambio, si uno escribe como cree, como le sale desde su interior, puede que al final no gane ningún concurso, pero al menos no habrá pervertido sus historias y, por tanto, será fiel a sí mismo.
Muchas gracias Martí Haro, un guionista prometedor, por esta excelente entrevista para el blog del escritor y guionista José Antonio Fortuny.
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